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58 días

Ni uno más, ni uno menos. El bolígrafo rojo recorre el calendario, cada vez más falto de tinta y horizontalmente eficaz. Avanzando tenaz, cruz a cruz, tachando días… acompañando al cielo desde un justiciero sol estival a las finas lluvias de entretiempo.

Es en la melancólica descripción del paso del tiempo, dónde se atisba una pena que aunque liviana, insignificante y quizá estúpida no deja de ser una carga sobre los hombros, que crece sigilosa mientras uno cuenta ocasos. Como una bola de nieve deslizándose por la ladera. A veces, los granos de arroz se transforman en montañas, y el día a día se sucede en un goteo de desasosiego producido por la falta de clarividencia. No vale mirar a otro lado, cual malaguita motorizado al saltarse un ceda el paso, cada nuevo amanecer hay una ley no escrita que te obliga a ofrecer al mundo algo nuevo, aunque a nadie, o a casi nadie, le importe. Por si fuera poco, cuanto más tiempo pasa algo se expande por tu interior, una metástasis que lo invade todo, te bloquea y te impide poner solución a tu crisis creativa.

Todo ello, en un contexto de tufo mediático, con Belenes edificados en los altares de la inmundicia y basura política y judicial derrochando soberbia entre naranjos y madroños. Ineludiblemente, la confusión se apodera de uno pensando que quizá sea mejor dejarse llevar por la corriente, como los peces muertos, ya que el fruto de luchar a contracorriente no se atisba a corto plazo. Desechando la idea de ser una rata más en las cloacas de la mediocridad que abunda en la sociedad contemporánea, no hay más remedio que tener esperanza, creer en las ideas y esperar a que el panorama cambie. Considero suficientes los 58 días que han pasado desde mi última entrada, 58 días de dejadez en los cuales “¡Enciende la luz!” picaba todos los días en el interruptor de mi cabeza esperando unas parrafos que aunque no cambian el mundo, si sirven para que uno vacíe sus ideas y arroje algo de luz, aunque sólo sea para no pisar la mierda.

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La crisis de las ideas.

Crisis. La palabra corre de boca en boca por bares, sobremesas y corrillos varios. El miedo de la gente es estopa ante la hoguera que ha formado la crisis. La cascada de malas noticias se sucede sin descanso, la bolsa se hunde, el Euríbor se dispara, el paro crece y crece y en el horizonte el más optimista sólo ve nubes grises. Está claro que de la crisis económica se saldrá y se hará por donde queramos, pero antes de solventarla hay que abordar otra gran crisis. La crisis ideológica.

Cuando cayó el comunismo, se sentenció el sistema para hundirlo en el fracaso o, al menos, esconderlo entre las sombras. Ahora, tras años de capitalismo salvaje, nadie busca culpables entre aquellos que han originado esta tormenta, los supuestos náufragos de esta catástrofe han sido salvados gracias a los salvavidas que el gobierno, con dinero público, les ha enviado. Y aquí no pasa nada. Nadie se escandaliza. Nadie se pregunta porque los especuladores, los que han originado la crisis, no pagan las consecuencias de sus actos camicaces. Y por supuesto, el sistema no se cuestiona. Liberalismo económico en época de buena ventura e intervencionismo del estado cuando llegan las vacas flacas. Bush, Paulson y compañía nacionalizan bancos como los “malvados” Hugo Chávez y Evo Morales. Marx y Engels estarían orgullosos de ellos. La hipocresía de la banca y de la clase política es capital.

Hay crisis de liderazgo.

Del crack del 29 surgieron dos grandes líderes, Hitler y Roosevelt. Ahora, el mundo necesita a alguien que de un golpe de timón a la situación. En Europa, Ángela Merkel proclama el “sálvese quien pueda”; Gordon Brown resurge de sus cenizas y se tira a la izquierda, pero se encuentra solo; el otro gran líder de la izquierda, Zapatero, está perdido y titubeante y Sarkozy, ambicioso, se disfraza de todos los colores, pero le falta credibilidad. En la Unión Europea falta eso, unión, dejar a un lado las diferencias para actuar como una potencia. En EEUU, surge la figura de Barack Obama, que ha despertado muchas expectativas y tiene la difícil misión de no defraudar. Un hombre que tiene como bandera “el cambio”, tarea complicada en un país en el que el dinero manda y donde parece que un solo hombre no va a cambiar décadas y décadas de conservadurismo político. Ya lo dijo Quevedo: poderoso caballero es Don Dinero.

Todas las crisis suponen un punto de inflexión, y en las de tal envergadura aún más. No podemos salir de la crisis sin haber aprovechado la oportunidad de cambiar algo, sin sacar nada positivo, sin abandonar la idea de volver a tropezar en la misma piedra. No podemos evitar el viento, pero si hacer molinos. Hay demanda de cambio, de frescura, de nuevos valores que den una vuelta de tuerca al sistema. La alternativa ideológica al capitalismo no existe y a la vez es necesaria. Hay crisis sí, pero crisis de ideas.

Gonzalo Ballesteros.

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