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Los ojos que habitamos

Es encomiable cuando los directores, refiriéndome a autores, se desmarcan de “su cine” y se atreven a salirse del patrón que les encasilla. Por ejemplo, disfruté cuando Woody Allen se disfrazó de Hitchcock en Match Point (2005) e incluso cuando Michel Gondry aparcó su trayectoria independiente para realizar la gamberra y comercial The Green Hornet (2010). Muchas veces el resultado no es el deseado, o no encaja con lo que el público espera, entiendo que haya gente que dilapide estas canitas al aire en las filmografías de los directores. Pero, por otro lado, en algunos casos estas excepciones en forma de películas consiguen atraer a un público que normalmente está más alejado o es escéptico ante la forma de hacer cine de un director.

Este puede ser el caso de La piel que habito, si la filmografía de Almodovar fuese un mueble del Ikea, nos encontramos ante la pieza que sobra y no sabemos muy bien dónde encajar. De ahí que sea harto dificil presuponer si esta película gustará tanto a los fieles a Almodovar, como a los reacios a su cine.

En lo puramente cinematográfico, Almodovar tiene entre las manos un guión magnífico que sin embargo se muestra apresurado en mostrar, sin dejar tiempo al reposo que merece la dimensión de lo expuesto. Sacrifica los tiempos en pos de una tensión, que si bien es continua, sería más disfrutable con sosiego y dejando respirar la película. Me quedo con la amarga sensación de haber visto una gran idea desaprovechada por la velocidad a la que pasa. ¿Dónde está el riesgo Almodovar?

El efecto Gordon Willis.

Hace meses en su videoblog, el inefable crítico de cine Carlos Pumares nos relataba exhasperado el que podemos bautizar “efecto Gordon Willis”; Pumares contaba indignado como en diversos festivales el público comenzaba a reirse cuando aparecían los característicos créditos de los films de Woody Allen (letras blancas sobre fondo negro) “Director de fotografía: Gordon Willis y la gente ‘ja, ja, ja’. Lo juro, ¿eh?.”

Lejos de entrar en la veracidad del relato, lo que si es cierto es que muchas veces el público – e incluso la crítica- entra a la sala sugestionado y acarreando un saco de prejuicios acerca de lo que se dispone a ver. Debe resultar incómodo, en este caso, disponerse a ver un nuevo film almodovariano y encontrarse con la menos almodovariana de sus películas. Su marca autoral queda marginada a ciertos detalles sueltos y una magistral, pero insuficiente, escena final.

En la presentación de La piel que habito en Cannes, la película fue muy bien recibida, pero en el transurso de su proyeccón levantó algunas risas inesperadas, cuando fue preguntado por ello, Almodovar negó cualquier indicio de comicidad en la cinta y no entendió el origen de las risas. ¿Efecto Gordon Willis? Ésta situación fue aprovechada por críticos como Carlos Boyero para tumbar la película argumentando que roza el ridículo hasta tal punto que provoca risa.

La semana posterior a su estreno, me dispuse a ver La piel que habito en una centrica sala de cine en Madrid. Minutos antes de que se apagaran las luces me encontraba rodeado de un público que hablaba de las genialidades del cine del director manchego. Estábamos, por tanto, ante un público entregado, con la ovación entre las manos antes de comenzar. En momentos puntuales de la película, momentos muy dramáticos en los que el argumento hacía malabarismos para no caer de la fina cuerda de la verosimilitud, cierta parte del público reaccionó con risas. ¿Tenía razón Boyero y la película cae en un ridículo que provoca carcajadas? Podría tenerla si no fuera porque este público no reaccionó con risas frente a lo inverosimil, sus carcajadas eran de gozo, recreándose en el genial humor de Almodovar que en este caso no existía, o al menos no era voluntario, y así lo manifestaban al final de la proyección poniéndo énfasis en esos momentos de humor… digamos, fantasma.

En este punto, y desestimando la pobre crítica de Boyero que tiene ecos de rencilla personal, sólo hay dos teorías que expliquen lo ocurrido: o los autores no saben desencasillarse de su estilo de cine y aflora de forma subconsciente siempre aquel cine por el cual se les conoce (Almodovar y la comedia), o bien, el público muchas veces se predispone en su butaca sugestionado e independientemente de lo que vea la reacción es la misma.

Haciendo un ejercicio de imaginación, me pregunto que pasaría si La piel que habito se visionara desconociendo su autoría, a lo mejor en ese caso nuestra respuesta ante la película sería mas sincera y libre y si así fuera quizá el problema se halla en los ojos que habitamos.

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